La adicción al placer: la esclavitud moderna

Jueves, 30 de Julio de 2015 18:00 IRREVERENTE - Nuestro Ángulo
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La adicción al placer: la esclavitud moderna

Sin duda, los mecanismos que nos esclavizan actualmente, son cada vez menos explícitos. Las cadenas ya no están alrededor de nuestros tobillos y muñecas, sino en el interior de nuestros cerebros… ¿a que no lo habías pensado?

La mayoría de gente cree que la esclavitud ha sido erradicada, cuando simplemente, ha cambiado de forma, se ha perfeccionado, se ha vuelto mucho más sutil y mucho más efectiva. Y pronto lo será aún más, porque hay muchas formas de convertir a una persona en esclava.

Se puede esclavizar mediante la opresión directa, negándole el acceso a los recursos y sometiéndola al agotamiento; se le pueden inculcar ideas y programarla mentalmente para que se someta a creencias, costumbres o doctrinas que condicionen su pensamiento y sus acciones hasta anular su voluntad. Pero si hay un método realmente eficiente para esclavizar a un individuo, ese es convertirle en un adicto.

La adicción es un tipo de esclavitud indirecta, en la que el individuo está completamente subyugado a nivel psicológico y físico a un elemento externo. Controlando el acceso a ese elemento externo, se puede obtener un pleno control del adicto sin que éste llegue siquiera a percibirlo. Es pues un modelo de esclavitud altamente efectivo, que además permite al esclavista salvaguardarse de las posibles iras del esclavizado, cegado por la adicción e incapaz de identificar el origen de sus desgracias.

Simplemente, “es la esclavitud perfecta”. Y ese parece ser el modelo de sociedad que se está proyectando para nuestro futuro: “una sociedad de adictos”. Concretamente, de “adictos al placer fácil e inmediato”.

Un revelador artículo titulado “Placer vs Dolor en la Sociedad Programada”, del escritor y periodista John Rappoport, sirve de ejemplo para entender lo anteriormente dicho. En su artículo, el periodista concluye que los investigadores del cerebro creen que tienen el futuro del mundo en sus manos. Por ejemplo, asumen que un día, serán capaces de activar o desactivar los circuitos que inducen placer y dolor en los seres humanos. De forma fácil, fiable y precisa. En experimentos con ratones, los científicos reconfiguraron los circuitos del cerebro y cambiaron los malos recuerdos de los animales por recuerdos buenos. Los investigadores afirman que también fueron capaces de seguir el proceso contrario, es decir, cambiar una memoria placentera en los ratones por una asociada con el miedo.

Su razonamiento es simple. Si los seres humanos tratan de encontrar el placer y evitar el dolor, o si persiguen objetivos que ofrecen el placer como un efecto secundario… ¿para qué esperar? ¿Por qué pasar por el arduo proceso de esforzarse para conseguir esa recompensa? ¿Por qué no recortar el camino de inmediato y experimentar placer directamente?

Vivimos en una época en la que la búsqueda de la recompensa instantánea, la distracción de la atención y el entretenimiento son de suma importancia, entonces… ¿por qué no estimular directamente el cerebro y darle a la gente aquello que tanto anhela?

La lógica sería: si el intervalo entre el deseo y la satisfacción es largo, borrémoslo. Ese es el futuro que por lo visto están construyendo para todos nosotros. Un futuro donde recibiremos dosis de placer instantáneo, como terrones de azúcar inyectados directamente en nuestros cerebros. Y como viene siendo habitual, el campo de la neurociencia es la punta de lanza de aquellos que están moldeando la sociedad del mañana.

Kent Berridge, Doctor del laboratorio de Biopsicología de la Universidad de Michigan, escribe, en un artículo titulado “puntos hedónicos del Gusto: el brillo del placer en el cerebro”, que el placer surge en el cerebro. El sabor dulce u otros placeres naturales son meras sensaciones externas que entran en el cerebro y son los sistemas cerebrales los que se activan para generar una reacción de “gusto” y placer.

Berridge ha descubierto los generadores cerebrales del placer sensorial, en forma de puntos anatómicos hedónicos, que utilizan señales neuroquímicas para crear la intensa sensación de placer. Es importante identificar estos puntos cerebrales hedónicos generadores de placer, sus señales neuroquímicas y los circuitos del placer que provocan, con el fin de identificar a fondo los verdaderos mecanismos del placer.

La necesidad de encontrar generadores de placer verdadero es especialmente acuciante debido a que las disfunciones de los circuitos hedónicos pueden ser la base de los trastornos del estado de ánimo y de otros trastornos clínicos relacionados, y porque otros candidatos del cerebro que se creía que mediaban en la generación de placer, se ha descubierto que quizás no generan tanto placer como creíamos (por ejemplo, la dopamina y la estimulación eléctrica cerebral). Por lo tanto su objetivo es descubrir las verdaderas causas y los mecanismos generadores de placer en el cerebro.

En estos momentos, en el mundo de la ciencia hay auténtica obsesión por llegar a conocer como funciona nuestro cerebro. A eso debemos añadir el imparable desarrollo de técnicas y tecnologías que permiten acceder directamente a nuestros cerebros y a nuestros pensamientos, con el objetivo final de conquistar el último bastión de la libertad individual: la mente del individuo.

Sin duda, las técnicas que pueden desarrollarse al respecto parecen propias de la ciencia ficción, sin embargo son reales. En el dominio de nuestras psiques está la clave para obtener el control total de la sociedad, el sueño eterno de todas las élites y personas poderosas a lo largo de la historia; la última barrera que deben superar para alcanzar el poder absoluto. Y uno de los aspectos clave para alcanzar esos niveles de poder, radicará en el control del suministro del placer.

Una vez, Aldous Huxley le escribió una carta a George Orwell en la que le revelaba lo siguiente: “La ambición de poder de los gobernantes del mundo puede llegar a quedar completamente satisfecha si consiguen que la gente ame su servidumbre, por vías diferentes a como lo conseguirían a través del castigo y la imposición. Me parece que la pesadilla de 1984 está destinada a convertirse en la pesadilla de un mundo más parecido a lo que yo me imaginaba en Un Mundo Feliz”.

Conseguir el monopolio del suministro de placer, pues, no es una cuestión menor o anecdótica como podría parecer a primera vista, sino que será un factor determinante en la conformación del mundo venidero. A ello debemos añadir lo que algunos expertos y economistas ya están advirtiendo sobre las condiciones socioeconómicas globales que se dibujan en el horizonte cercano.

En una reciente entrevista, el economista Santiago Niño-Becerra citaba a otro economista, Jeremy Rifkin, que afirmaba: “En este siglo, menos del 5% de la población producirá todos los bienes y servicios que consuman el resto de la población”.

A lo que él mismo añadía: “Cada vez hace falta menos factor trabajo para producir lo mismo. La tecnología crea, por ejemplo, 10 mil puestos de trabajo cualificados, pero con ello destruye 100 mil puestos de trabajo de personas no cualificadas”.

Esa es una previsión compartida por muchos otros muchos analistas, que se basan en la creciente automatización de la producción en todos los ámbitos y en el desarrollo de nuevas tecnologías que cambiarán la faz de la tierra, como la impresión 3D. Todo ello nos lleva a hacernos una pregunta obvia y preocupante: si tan sólo una pequeña fracción de la población será productiva… ¿qué harán el resto de personas que no tengan trabajo?

Parece ser que tendremos una gran porción de población sin una ocupación fija, posiblemente instalada en un estado crónico de precariedad, quizás subsidiada en los países occidentales con una paga de ciudadanía con la que poder subsistir mínimamente y sin posibilidades de cumplir sus sueños o de realizarse a nivel profesional. Una importante masa de personas de segunda categoría, sometidas a un estado permanente de frustración existencial, que como una olla a presión puede acabar provocando un estallido descontrolado que haga temblar los cimientos de todo el sistema.

Todo parece apuntar, al menos ahora mismo, hacia ese escenario futuro. Y si nos ponemos por un momento en la piel de las élites gobernantes, la pregunta que debemos hacernos es… ¿cuál será la forma más fácil y barata de controlar a esa gran masa de gente con un potencial tan enorme para reventarlo todo de arriba a abajo?

Acaso… ¿reprimiéndola duramente a través de un estado policial y provocando con ello la posibilidad de una creciente respuesta violenta? ¿O será más fácil, simple y llanamente, drogarla de alguna manera? ¿Convertirla en adicta y utilizar la propia adicción como válvula de control y dependencia hacia aquellos que les suministren la sustancia adictiva?

La respuesta es obvia. El placer es mucho más eficiente como arma represiva que el dolor. El dolor o el sufrimiento conllevan una respuesta agresiva, muchas veces ligada a los instintos de supervivencia más básicos. Una fuerza que en determinadas circunstancias puede llegar a ser incontrolable.

Sin embargo, una persona con sus necesidades de placer bien cubiertas, es una persona potencialmente sumisa. Un individuo con el cerebro inundado por las endorfinas, es alguien narcotizado y, por supuesto, muy dócil.

La lógica argumental que seguirán, para construir la sociedad del placer instantáneo del futuro, es la siguiente: Si mil robots que trabajan en una fábrica pueden fabricar más coches por día que sus homólogos humanos y lo hacen con el fin de aliviar el estrés del trabajo, entonces, por analogía, la entrega directa de placer a la población a través de drogas o de estimulación electromagnética, evitando la necesidad de seguir un proceso trabajoso para conseguir ese placer, también podrá ser considerado un objetivo digno.

Una vez instalado este argumento lógico en el imaginario común, que podríamos definir con la frase el acceso al placer es un derecho humano, todo dependerá de las vías de suministro de ese placer y más concretamente, de las facilidades que tengamos para acceder a él.

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