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Bien cruzado y tocado

Miércoles, 18 de Septiembre de 2019 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Bien cruzado y tocado

¿Quién define una caricia, quien la da o quien la recibe, quien la pide? ¿Influye el lugar y el momento en su definición? Cuestionando así recuerdo a un preadolescente, varón entre dos hermanas, arrellanándose en o contra las piernas de su madre sentada en una silla mecedera, intentando rechazarlo graciosamente a título de capricho infantil. Sentado en el piso se le acusa, no sin burla, de chipil o chiquiado. El regateo es parte de la interrelación dentro de una tertulia familiar en casa de la abuela y suegra. La misma pareja, aguardando a entrar a un lugar público: un restaurante, un cine, un centro comercial, ella detrás de él le cruza sus brazos sobre el pecho. El preadolescente protesta, intenta repelerla. Desde más temprana edad evita el paso por donde resultan inevitables los besos de maestras y mamás con motivo de cualquier entrega de diplomas y reconocimientos, desde buena conducta y torneos de ajedrez hasta aprovechamiento y mejor promedio escolar. Tieso como regla entre los achuches de desconocidas que lo dejan más impregnado que una abeja. Veloz para limpiarse de labiales las mejillas en las únicas ocasiones que lleva pañuelo a la escuela. En otro hogar, en el sillón que ya tiene la forma de su cuerpo un anciano se duele y lamenta la lejanía y desatención de sus hijos; la esposa y madre le pregunta con una sonoridad de reproche: ¿Cuándo los tocaste, cuándo les hiciste siquiera una caricia? Su boca descompuesta por la falta de dentadura permanece cerrada. tocar1

Quizá una caricia sería el acto más relacionado con el título del dramaturgo hidalguense Enrique Olmos de Ita: “No tocar”, pero la puesta en escena de Ana Bertha Cruces con Maritza Hernández Polo y María José Delgado Maya, en menos de una hora, da para varios cuestionamientos, desde el público a quien iría dirigida la obra. En la sinopsis del propio autor en su página cibernética apunta a los niños. En las acotaciones anota libertad para el género de los personajes. Pero el montaje de Atabal Teatro, el sábado 14 de septiembre, lo vi con niños y de ellos, PARA ADULTOS, sin exclusión de los primeros. Me pareció un llamado de atención, un recordatorio a su insospechada perceptividad y las deducciones que derivan contrariando la minusvalía, desde la suposición adulta, de su alerta intelectual. Su talla y su edad son pequeñas, pero no su pensamiento ni sus inquietudes. La poca estima que la mamá de María tiene y expresa por su ocupación de secretaria cuánto imbuirá en la pequeña el empoderamiento jerarquizado en contra de la satisfacción por el empeño invertido, por el logro de una convicción, sin primar la aquilatación económica y social. Muy bien María, en la interpretación de M. Hernández Polo, nos deja ver la doble defraudación sufrida por parte de quien le representa el modelo y la perfección de la buena conducta: su mamá. Por el taconeo, por cuchicheo telefónico, por las deshoras de éste, por el esmero del arreglo personal, María sabe que no es la ocupación laboral la que reclama y corresponde la atención de su mamá. Pero si no monopoliza ésta, más le duele la suposición materna del logro del engaño, y le da por su lado fingiéndose engañada. Sin embargo este fingimiento se complica con el abuso de la prima llamada a ejercer de nana con la absoluta, e imbatible, confianza materna. La labor de convencimiento de la prima no supera la incomodidad y la repulsa de María. Su incomodidad se acrecienta con una vergüenza instintiva, una involuntaria complicidad con lo indebido; con la imposibilidad de la exteriorización, sufre mayormente despojada de confidencialidad pues hace crecer su aislamiento; su mejor amiga no quiere dejar de serlo, por lo menos no a cambio de nada. Se atreve a la notificación al abuelo, a confiar en la sapiencia supuesta en la acumulación de experiencia y años. tocar2

Diríase que la trama de “No tocar” reclama la atención en el proverbio: ‘Los niños y los borrachos dicen la verdad’; a no encajar, estereotipadamente, el decir infantil en una proverbial fantasía: sus cambios de conducta, sus ‘incoherencias verbales’ pueden portar desesperadas denuncias. El abuelo interviene telefónicamente, no lo escuchamos. ‘¿Qué hacer?’, pregunta Atabal en la sinopsis de su programa de mano. Contesto: comunicación, comunicación y más comunicación, incluyendo la no emitida conscientemente. Hace treinta años un papá dio las buenas noches a su primogénita como en todas las ocasiones al final de la jornada: ‘Hasta mañana’. Sabía que al nuevo día saldría antes de que ella despertara. A la siguiente despedida la niña preguntó: ‘¿y esta vez no me vas a engañar?’ Entonces decidió: ‘Mi hija debe saber que su papá no dice mentiras, aunque llore.’ Hoy es contentísimo abuelo de una parejita que emboba a un clueco padre, similar a aquél.

Aunque fuera de la sinopsis del autor y la directora escénica, podríamos poner en la balanza de la justicia, o la justeza, ¿cuánto a de aparcarse el romanticismo en aras de la maternidad, de la atención y crianza de la prole; máxime en el caso de la mamá de María, sin pareja, joven, de buen ver y con ganas.

Que tanto pase, y trascienda, el texto de Olmos bien habla del acierto de Cruces Dorantes, dirección, Hernández Polo y Delgado Maya, actuación. La verosimilitud infantil es irreprochable. La selección de algunos monólogos-narraciones transmitidos de perfil a las dos tribunas enfrentadas apoya convenientemente la proyección de momentos de ensimismamiento. El intercalado de rompimientos de la cuarta pared, a dos bandas, redunda en un envolvimiento de los espectadores involucrándolos en el seguimiento. ‘¿Qué hacer?’ Teatro bien hecho por artistas ídem.

 

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