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Festivalismo

Miércoles, 21 de Agosto de 2019 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Festivalismo

Dos manifestaciones lo han mantenido sino atado, sí ligado a la cordura: la poesía y la música ahora apellidada culta porque clásica, se dice y explica, es cualquiera que permanece con probada perdurabilidad. En cualquier plática y alegato no extraña que suelte no versos sino estrofas tan inaprensibles como las de “Altazor”, del infausto poeta peruano Vicente Huidobro. Pero esta vez José Luis Álvarez Hidalgo ha encontrado o topado con un texto al nivel de sus desvaríos rayanos en el surrealismo, tomando, apreciando y admirando como pieza total el montaje que presenta para concluir temporada el último viernes de agosto de “Máquina Hamlet”, de Heiner Müller, en un espacio ganado para la espectacularidad escénica en la Casa del Faldón.

Tan dejado de la mano de la civilidad estaba aquel espacio que solo contaba con la barda que delimitaba sus colindancias y así bien sirvió de osario para un montaje de Abelardo Rodríguez Macías, tan lúgubre que el viento empezó por levantar las ofrendas y después la puesta completa de los vivos que perdimos cualquier interés por los muertos, más cargados de temeridad climática que dramática. Quizá eran “Calaveras del montón”, del mismo director, pero la fuerza de la naturaleza, sin ningún obstáculo a su potencia, las desperdigo lo mismo que a los espectadores, que no logramos asentar nuestras sillas plegables en el terreno cubierto de tepetate, ni ponerlas a salvo de los briosos caprichos de la turbulencia propia del otoño novembrino que todo lo arranca y falleciente lejos lo lleva. Desde un punto de esa barda ladró un perro durante la noche del 16 y no fue la luna su motivación en la estelada infinitud celestial. festivalero1

Camelados desde sus años universitarios Sol Mera y Pedro Cabral han permanecido fieles al teatro y leales a Mutis Compañía Teatral. Otros legionarios de la causa discrepante, que no discordante, Franco Vega y Ana Elena Mora también están en este elenco. Aura García y Jaime Esparza han mantenido inquebrantable apego y entrega. En resumen, un equipo artístico escénico muy cohesionado y consolidado. Sin dejar de lado las trayectorias personales desde antes y aparte de Mutis. Estas experiencias y cualidades de persistencia e inconformidad constructiva mucho se aprecian en el montaje de un texto muy indescifrable y muy poco seguible. Únicamente las cualidades del desempeño escénico mantienen la atención, más que el interés, en este montaje propiamente de autor y más bien para teatreros muy avisados e ilustrados, es decir, montaje para complacencia y satisfacción del director: exposición de sus dotes y ganas creativas e imaginativas. festivalero2

Sin estas características se antoja inabordable semejante espacio; con ellas en este corralote se retraen los escenarios de festivales puestos en inmuebles medievales o una docena de siglos anteriores, según las imágenes vistas mediante las redes cibernéticas. Qué manera de ocupar congruentemente, con significación dramática, un espacio mayor al ocupado por las espaciosas e infames gradas de fierro. Qué manejo vocal en la inmensa intemperie, sin abrigo sonoro, sin acústica, en compañía de ladridos y locomotoras. Qué capacidad corporal para sorprender con apariciones y desapariciones careciendo de arquitectura teatral; esa misma capacidad para presentar otra actoralidad al suceder dramático. Qué lástima que no haya una narración a seguir, y batallar con la ilación de aseveraciones irrebatibles ya por contundentes, ya por enredosas. Estos elementos hacen al montaje de “Máquina Hamlet”, por parte de Mutis, candidato ideal para representar al teatro de Querétaro, por ejemplo, en la Muestra Nacional, donde tantas veces tan poco se entiende lo presentado en un reconcentrado calendario, si se diera la aquiescencia de los afectados e interesados y sobrellevaran los resquemores y asegunes expuestos en “Odio la maldita narraturgia”, de Mariana Hartasánchez Frenk, en el Centro cultural La Gaviota precisamente por parte de la compañía titular del espacio, con una dirección cada vez más compenetrada en la planeación y ejecución de sus atrevimientos creativos. En esta ocasión se aúna a la dupla integrada por Jorge Smythe y Raúl Ángeles, la actriz Quetzallín Torres con una creciente presencia en la compañía y una rica y variada trayectoria donde me resultan memorables sus actuaciones en “Intimidad”, de Hugo Hiriart, “La caja”, de Pamela Jiménez Draguicevic, y por supuesto “La furia entre Ernesto y Ernestina”, en la traducción-versión, o al revés, de Tomás Urtusástegui. festivalero3

Amparada y escusada en una borrachera de combebencia culturera y los consecuentes desfiguros etílicos, en la recomposición de su resaca, una actriz recuerda haber arremetido contra el suceder artístico y de la cultura por parte de las instituciones mexicanas, oficiales y oficiosas, sus inoperancias y disfuncionalidades, injusticias y parcialidades, sus zánganos, rémoras, sabandijas, tepocatas, víboras prietas y todos quienes las pululan, directa e indirectamente. Aunque la diana de las reprobaciones, para tener un blanco fijo y objetivo está fijado en la narraturgia. (Al caso viene, muy casualmente en cartelera, como muy ilustrativo ejemplo, “Josepha”, de Luis Santillán, con unos tramos orales que animan mucho a reclamar la acción que uno espera de y en el teatro.) Dejando muy poco a la casualidad algunas reproducciones, expresiones, alusiones, descripciones y retratos. Localmente, y quizá también en su entorno inmediato más amplio, la compaginación de la autoría con la recriminación argumental resulta muy indisoluble, lo cual acrecentaría la ira o la hilaridad de esta creación teatral que por el lado de la interpretación es un agasajo humorístico, tanto en las penas como en las alegrías, los reclamos, las avenencias y las conformaciones retratadas en la trama de “Odio la maldita narraturgia”. festivalero4

Si no existen prejuicios de género, el acierto y el entretenimiento empiezan con la mofa de las caracterizaciones, tanto en la transformación de las apariencias como en los correspondientes desempeños. Con el efectismo y la efectividad de una iluminación cenital en el centro del foro vemos hierática a Mildred Vargas ---quien no conozca al actor Jorge Smythe, tardará en encontrarlo---, histérica y apabullada por la resaca reclama y agrede a Arnulfo cuyo punteado mostacho maloculta a Quetzallín Torres (qué manía de apuntarse los diferentes nombres cual seudónimos) lo mismo que sus acertados modos masculinos con la correspondiente indumentaria. Aun sin adecuar la voz, tan solo con la acentuación, la masculinización pasa, pero sobre todo y más la timorata y trémula comicidad, con el batimiento de ignorancia y racionalidad llevado por un temeroso atrevimiento. El contraste de personalidades funciona, y la captura del espectador no la pierde esta pareja escénica a lo largo de la representación. Con una variedad de recursos histriónicos Smythe sostiene y retiene la carga protagónica en las diferentes situaciones, incluso las discursivas y ¡narratúrgicas!, de la Vargas en un mesurado y contenido tono fársico. Luisito Convento tiene un aire tan del literato Jorge Volpi con su pedantería huele-caca, con ínfulas de condescendiente e impaciente magnanimidad, que lo hacen totalmente verosímil. ¡Qué bien la tunda propinada por M. Vargas! ¿Cuántas güeritas modositas ---alabastrina de cabellos de oro--- conocemos en la cultura queretana? Pues habremos de agregar la monada de becaria vista en el Teatro Lupita Smythe del Centro cultural La Gaviota y que habita el odio de una ‘femme de lettres’ cuya creación reprueba la narraturgia. Con semejante distribución de mandobles, sopapos y soplamocos podemos contar con la ausencia de “Odio la maldita narraturgia” de cualquier festival respaldado moral, virtual y burocráticamente por cualquier instancia o guiño de la administración pública o que guarde parecido con ésta por casualidad o conveniencia.

 

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