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Disparidades

Miércoles, 27 de Febrero de 2019 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Disparidades

Quizá con un razonamiento o entendimiento más o menos cuadrado o acartonado espero entre los títulos de las obras de teatro y su desplegamiento escénico una coincidencia, congruencia o consecuencia, y esto no lo he encontrado ni advertido medianamente en la renovación de la cartelera de Arteatral CUT con dos estrenos, durante febrero, en El Jacalón: “Aberración suspicaz” e “Instrucciones para usar minifalda”, según el orden en que he presenciado las funciones. El primer título, sin conocer ningún contenido, se antoja muy inasible, poco aterrizable. Sin ningún diccionario mediante una aberración me lleva a presuponer algo sumamente disgustante, revulsivo, por contrariar, con suma agudeza o intensidad, la naturaleza o propósito de una persona, cosa o concepto. Continuando mis definiciones o esclarecimientos a partir de experiencias de vida, principalmente, que incluyen lecturas, suspicaz es aquello que sospecho, intuyo. (Me resisto al cotejo con el diccionario de la RAE.) aberracion1

El segundo título requiere muy poca elucubración, sin dejar de alentar la imaginación gozosa y diletante, que hace pensar en cierta graciosidad y picardía, cierto doble sentido humorístico-sociológico, puntilloso y de hondura metafórica dado que lo firma Enrique Olmos de Ita (Apan, Hidalgo,1984), pues incluso avisa que se ocupará del acoso laboral, piropos incómodos y comentarios desagradables. Aunque esto último lo he leído al escribir las presentes líneas y me parece desalentador por saturación mediática; no descarto al respecto también un rebasamiento feminista que descalifica y combate al piropo sin calificativos ni apellidos simplemente como una manifestación de poder. Es decir: llover sobre mojado, denunciar lo sobredenunciado; y la presentación de la trama, en efecto, incurre en la previsible reincidencia fastidiosa. (Dados los pobres resultados de la denuncia valdría la pena considerar acciones más contundentes… y hasta belicosas.) La única propuesta con tintes de originalidad está en la sobredotación de cualidades progresistas al tornillo. Lamentable y lastimosamente, sin ninguna consulta enciclopédica, tan maravillosas propiedades de este artilugio caen en el descrédito como cimiento civilizatorio tan solo recordando las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, las edificaciones precolombinas en Tenochtitlan, Montalbán, de la cultura maya más allá de la península yucateca, y parar finalmente en Machu Picchu. (Tendría que haber escogido un artefacto más primitivo: el cordel para unir piezas, por ejemplo, o su ancestro en la misma intención; u otras cualidades no tan fundamentales para una invención de tan variadísimas aplicaciones y manufacturas.) Por otra parte, la minifalda bien gracias, aunque no la echaría tan de menos si el texto ahondara o desarrollara algunos apuntes acerca de la cosificación del cuerpo femenino como cuando señala el uso de los hombros descubiertos o el ángulo entre la espalda y las nalgas. Considerando que en un texto literario como lo es el dramático es más importante lo verosímil que lo verdadero, algo se le podría haber inventado a las condiciones laborales de la boletara del metro para que no resultaran tan meramente descriptivas-denunciativas hasta en la desaparición burocrática del jefe abusador; su desvelamiento como molestador anónimo daría para un apunte de sagacidad y no meramente la narración del descubrimiento. La exaltación de la denuncia está muy de aleccionamiento cívico por parte de autoridades de seguridad pública. Una primera conclusión muy gruesa: demasiada capacidad y competencia histriónica para tan poca miga dramática, o ¿falta de dramaturgia en la dirección escénica? aberracion2

En cuanto a la demasía, otro tanto iría para “Aberración suspicaz”: las capacidades y cualidades interpretativas las vi por encima de las posibilidades de los textos de Carlos Solórzano (6 de mayo 1919, San Marcos, Guatemala – 30 de marzo, 2011, México) pesentados: “Cruce de vías”, “Mea culpa” y “El zapato”. Cabe la excepción para el segundo por el trocamiento de los roles: el confesor que le solicita al feligrés le reciba su confesión por haberles fallado a los fieles en la confianza depositada en él. La motivación del juez para acercarse al confesionario a partir de una valoración que hace de sus sentencias también atrapa al espectador, o sea, el juez se enjuicia y se somete a juicio, o por lo menos lo intenta antes del enroque a instancias del clérigo. La intensidad dramática de esta pieza amerita en sí misma la función, no obstante el reduccionismo escénico circunscrito a un área lumínica además de la competencia interpretativa y recursos personales de actuación de Andrés Esquivel como el juez y Eduardo Gallegos como el confesor. La trama de la tercera me resultó harto abstracta. Si la consigna para Enrique Aguado Chávez es presentarnos un desquiciado desquiciante encarnando al guarda vías en “Cruce de vías”, cumple a cabalidad.

 

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