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Hilaridad pícara

Miércoles, 02 de Octubre de 2019 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Hilaridad pícara

‘Primera llamada para casa llena’, en la torre, pensé, ¿va a empezar la función hasta que llenen el teatro? ¿Cuánto van a tardar? A punto de voltearme a ver el tamaño de la exigua asistencia recordé que “Casa llena” es el título de la obra montada en el escenario de El Sótano, por la compañía del mismo nombre, cuya temporada terminó el sábado 28 de septiembre.

Intencionada o involuntaria, la humorada me pareció muy simpática y atinada como anticipo del entretenimiento propiciado con los enredos de la comedia del dramaturgo italiano Darío Fo y la comicidad de su interpretación dirigida por  Víctor E. Sasia Farias.

¿Qué misterio rige la complejidad de la preferencia del público? Una semana atrás casa llena, principalmente por jóvenes, con una obra del teatro clásico español, “Fuenteovejuna”, de Tirso de Molina y Carpio, versionada-actualizada del siglo XVI al XXI según Anna Maria Ricart y Ricard Soler i Mallol. En cambio una sencilla parodia denunciante de la cotidianidad atrajo a muy pocos que mucho gozamos, reímos y nos divertimos frente a la carta de naturalidad otorgada, a través de la dramaturgia, a la reprobación formal de conductas cuyo gozo estriba en el clandestinaje y la simulación; también, o más, con la notable comicidad histriónica del desconocido elenco local, más bien doméstico, formado por la propia compañía. casa1

Un absurdo gozoso que por lo segundo es más lo primero, desdibujado ‘pian, pianito’ por la normalidad. De aquí el pleito de la teatralidad por la defensa del absurdo a fin de que la realidad no supere ni rebase la ficción so pena de su extinción, médula de la creatividad. En esta teatralidad la apuesta la vi por el histrionismo.

Quizá el personaje más rico en situaciones absurdas es el ladrón, pero quien sabe cuál sería el destino de tanta diversión sin la comicidad de René Mauricio como el señor Tornati. Que un saqueador le otorgue calidad de oficio a su desempeño delincuencial, continúa siendo cínico si bien condescendientemente simpático, pero novedoso ya no. Sin embargo, el señor Tornati toma imprudentemente una llamada telefónica en la residencia que desbalija, identifica la voz e intenta imponer su autoridad marital: --Ya te he dicho que no me llames al trabajo--. La hilaridad es inevitable. No hay tiempo para preguntarse por el conocimiento del número telefónico. La señora Tornati deja ver dos aspectos como mujer casada: demandas propias de la ama de casa que ve por las necesidades y carencias del hogar, aprovechando que su marido se encuentra en una residencia mucho mejor dotada; como enamorada reclama las formas y las expresiones propias del amor romántico. El exigido marido se exaspera, el regreso de los dueños es imprevisible, en aras del apremio accede a todo, cuando llegan al ‘primero tú’ aprovecha para colgar raudo el auricular. Hay un realismo tan hogareño en un momento y un lugar tan impropios que la hilaridad solo puede crecer. No es el caso del enredo, o muy poco, pero la comicidad ha hecho ya un fuerte atrapamiento de la atención del público, conectado con sus risas.  casa2

Toca el turno a la belleza: entra el dueño y señor de la casa en desbalijo introduciendo a su amante, una muy guapa joven mujer, arreglada y ataviada como corresponde a la adúltera ocasión pasional. Fuertes contrastes cromáticos acentúan y subrayan su presencia seductora: negrísimos los ojotes y la frondosa melena; escarlata la blusa, la elástica minifalda, el encendido lápiz labial y las puntiagudas zapatillas de medio tacón; alabastrino el cutis y las larguísimas piernas depiladas. La apariencia supera la intensa y firme actuación. Similar es la situación con la señora Tornati que mucho sorprende con la intempestiva e impaciente intromisión en las actividades laborales de su marido. Imposible pasar por alto su guapura, su sinuosa y elegante silueta, aunque las sobradas pestañas contrarían el realismo derivándolo al chusquismo, bordeando el punto del disfraz. El motivo de su inoportuna aparición, la demandante exigencia doméstica acrecienta la humorada del absurdo. A éste debe agregarse la imposibilidad de la denuncia porque echaría abajo la honorabilidad del dueño de la casa como funcionario público: perla de la hipocresía y del señalamiento del absurdo, tan inocente y pícaro.

Aunque hay un pistolón que pasa por varias manos y un balazo, no hay muertos, mucho menos sangre, o sea, nada con que poner la ficción por delante de la realidad. Al final apareció un personaje que, por breve y feo, no entendí a qué llegó, quesque a robar, pero el robo de la simpatía ya había ocurrido, así que poco me importó su falta de importancia.

 

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