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Teatro revulsivo

Miércoles, 26 de Junio de 2019 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Teatro revulsivo

La monstruosidad aberrante, la mortificación, la corrosión parecen la intención y las características del dramaturgo belga Michael Ghelderode (1898-1962) esta vez, la de junio de 2019, a través del montaje y representación de tres piezas, “El extraño jinete”, “Los ciegos” y “Mujeres ante el sepulcro” por parte de los alumnos del cuarto semestre de la licenciatura en Actuación de la FBA-UAQ, coordinados por el maestro Manuel Puente Villa.

Los antecedentes un tanto góticos y ultratúmbicos de este autor un tanto desgustante están ligados a Manuel Puente V, amén de su intervención en “El escorial” con el personaje del bufón. Hará más de una década, pues se trataba de los estudiantes de la carrera técnica en Actuación, en el auditorio ‘Esperanza Cabrera’ presencié por primera vez “Mujeres ante el sepulcro”. La recreación catacúmbica era sofocante, asfixiante no obstante la espaciedad. Sin aparente intención de coincidencia, pero en plan de huida y ocultamiento protector, ahí iban recalando las mujeres más directamente relacionadas y sobretodo afectadas y/o impactadas con la crucifixión de Jesús de Nazaret. Sucede una sorpresa con uno mismo la omisión de una obviedad: bien pudieron existir las parejas de Poncio Pilatos y de Judas Iscariote. ¿Qué fue de ellas, qué consecuencias les devinieron dada la incidencia de sus maridos/compañeros en el sacrificio de ese inocente que para colmo resucitó de entre los muertos? Aunque de la resurrección ya no se ocupa el dramaturgo; toda la trama sucede en ese escondrijo subterráneo. Propiamente no son perseguidas, las persigue la sospecha/temor de ser perseguidas por la relación que tuvieron con el sacrificado, o que tienen con quienes estuvieron relacionados. No son actoras de ninguna acción formalmente perseguible. Sus reacciones y expresiones carecen de cualquier ánimo religioso o fidelidad creyente, sus emociones, compungidas o no, son netamente humanas por quien ya no está y les era reanimante y/o consolador su presencia y prédica, su ánimo congregador. ghelderode1

Hará un par de años estudiantes de danza contemporánea también se ocuparon de este texto, con la novedad de que su montaje presentó un nazareno martirizado; en el mismo Jacalón donde continúan montando sus escenificaciones de cámara.

Con este conocimiento de la trama, en esta ocasión llaman sobremanera mi atención las caracterizaciones tan recargadas y distorsionantes, acompañadas y reforzadas con grotescas gesticulaciones, sin excluir, en pocos casos, corporalidades deformadas. No obstante tales exageraciones, guardan la suficiente mesura y contención para no perder verosimilitud e intensidad dramática con una secuencia narrativa progresiva que anima su seguimiento por parte del espectador. No obstante su concurrencia, los personajes femeninos no se parecen ni asemejan, están diferenciados por sus antecedentes y no precisamente por sus contrastaciones ni confrontaciones, cuando la interacción de los opuestos facilitaría la diferenciación. Por momentos la intensidad y la proyección gestual es tal que se antoja podrían llevar la interpretación mediante la mima.

Esta hondura interpretativa no es menor, con notable organicidad, en “El extraño jinete” —que bien llevaría el subtítulo de ‘Campanadas funestas’— ni en “Los ciegos”. Con la dificultad en la primera pieza, la inicial del programa, de sostener el interés por una trama más o menos intrascendente, por no decir insulsa, rescatada de la insulsez por la vitalidad puesta en los personajes que viven en un hospicio —casa de retiro o descanso en terminología contemporánea si no estuviera tan dejado de la mano de dios—. No es mejor la condición de los hospedados —llamarlos huéspedes sería una cursilería de banalidad supina— que chapalean en la inmundicia y el abandono: solo les falta la lápida para estar perfectamente sepultados, algo así como despachados al archivo muerto, o quedar en el ‘spam’, pero no habría, seguramente, quien sufragase los emolumentos del grabador, máxime con la instrucción suficiente para leer y escribir ocho nombres, por lo menos con la facilidad de que los apellidos ya han desaparecido en el desgaste del olvido. Su única abundancia es la locuacidad y el desfiguramiento de la traza humana durante la tardanza de la muerte. ghelderode2

En “Los ciegos” privó la crueldad por partida doble. La inesperada impuesta por las circunstancias que vinieron a subrayar las condiciones que ha superar el artista disputando un espacio mínimo para ofrecer su creatividad. Estaba prevista la suspensión de la representación de esta pieza montada a la intemperie, entre la puerta de la calle y la de acceso al Jacalón, si lloviese copiosamente —para la lluvia leve estaban previstos paraguas y una techumbre incidental—, pero nadie medianamente cuerdo hubiera apostado por el ruidero del vecino, en la acera de enfrente, martillando láminas de acero de dos metros cuadrados e instalándolas con herramienta eléctrica a lo largo de una reja de veinte metros de ancho por tres de alto mínimo. La dramática puesta por el autor en un texto corrosivo y de automofa por parte de tres ciegos legüeros que muy bien ven con el entendimiento. Dicho de otra manera, como ya es sabido: una parte no es, ni hace, el todo; el ser humano no es, ni lo representa, uno de sus cinco sentidos; ¡pero!: sin entendimiento no hay ser humano. Para enchilar la pústula Ghelderode agrega frente al trío a un tuerto/a que se divierte desorientando a los caminantes. El esfuerzo vocal no va a la saga del corporal con encorvamiento constante y tumbos frecuentes por la poca utilidad del bastón, más como porra, por caminos de rupestre traza ocupados por salteadores y truhanes de laya infame e inmisericorde.

 

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