Magnolias solidarias

Miércoles, 17 de Abril de 2019 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Magnolias solidarias

La agradabilidad perfumada transforma inmediatamente el aula T-1 de la FBA-UAQ en el salón de belleza de Tina. La decoración mobiliaria refuerza también esta sensación e impacto. Tras la tercera llamada, en una brevedad nos enteramos que una novata está haciendo una prueba de trabajo para emplearse como peluquera, estetista o estilista. Por supuesto igualmente quien es la patrona. La primera se presenta medrosa, insegura, titubeante, expectante más que de aprobación de aceptación, pues incluso es recién llegada a la localidad; su instalación en una posada de dudosa reputación apunta su desconocimiento y apremio económico. Se presenta con su nombre en diminutivo: Anita. La segunda es animosa, risueña y alentadora, parece empeñada en contagiar optimismo, mejor de lograrse en el comportamiento, aunque se conforme por lo menos con la apariencia, para mantener a la clientela y atraer nueva o recuperar su frecuentación. Al mismo tiempo nos enteramos que un disparatado —literalmente— vecino espanta pájaros, indiferente o desconsiderado a consecuencias colaterales, para prevenir sus excrecencias en la celebración de la boda de Julia, también integrante de la reducida comunidad cotillera asidua al establecimiento estético. magnolias1

A la vista de la película “Magnolias de acero”, la síntesis de Enrique Aguado Chávez en la dirección escénica es muy atinada y plausible. Además prescinde de los exteriores igual que de los personajes masculinos sin anularlos ni cancelarlos. Pero con prontitud más lenta advierto un prejuicio social o quizá un alineamiento involuntario e inconsciente: ¿por qué Anita, la asistenta estilista, tiene apariencia de chacha; peor aún, la piel morena y la precariedad cual requisitos en la condición subordinada y de dependencia social y emocional? ¿Cuánto disimulo, hipocresía y desatención, de este estado está puesto en el diminutivo? Rematada esta situación con la mofa por la divergencia con las creencias y prácticas religiosas un tanto extravagantes o desconocidas, pero sobre todo recargadas de intromisorio proselitismo. Con los nombres cambiados con respecto al reparto cinematográfico, el empleo del diminutivo disminuye exculposamente el más furtivo sobajamiento. La posibilidad de esta lectura, quizá en extremo personal, estorba muy innecesariamente el fluir de la trama de “Magnoliaz”, conocida el viernes 12 de abril en la primera temporada 2019 de Arteatral, CUT. Menos subjetividad implica suponer que Tina y Clara no requieren una voz aflautada para ser simpáticas y hacerse tolerables o aceptables en sus interrelaciones; tampoco la segunda encorvarse para ser una señora mayor. Es más, estas adopciones hacen ver que están actuando, no que son Julia y Ofelia como en los casos de Gemma S. Granados y Catalina Vega González. A Clara y Tina les bastarían las caracterizaciones con que están construidas mediante vestuario y maquillaje para ser quienes son, sin denunciar que están siendo interpretadas. Sus caracteres y personalidades están convincentemente proyectados, estorbándoles las vocecitas que manejan. Clara como señora linajuda, ociosa y en apariencia superficial no necesita el andar de chencha para tener la edad que se le adivina con su desempeño desprendido y despreocupado de las exigencias domésticas, dada la abundancia y solvencia en las que está inmersa. magnolias2

En Marilú, por parte de Carla Cecilia González López, advertí una expresión facial constante: amargura, incomodidad, insatisfacción, resignación-lamentación desgraciada, sin transmitir variaciones emocionales, como en el caso de Ofelia. Es constante-dominante su actuación de madre sobre protectora, casi asfixiante, impositiva-dominante. Quizá por esta severa imperturbabilidad es que en Marilú funcionan dos momentos cercanos a una vuelta de tuerca en la narrativa y el momento trágico culminante: la imposibilidad de la maternidad, pero no por infertilidad, jugando con el ‘no-puedes’ por el ‘no-debes’ indicado por el médico; la donación por parte de alguien tan aparentemente seca y hosca de un riñón a su maltrecha y voluntariosa hija; y la notificación de la muerte de quien aparentemente había alcanzado el improbable triunfo de la maternidad. Apenas una viveza emocional la conmueve como donadora: como dadora de vida lo estaría haciendo dos veces con la misma persona. Duele profundamente la derrota a manos de la omnipotente naturaleza, aunque resulte, según Anita, la oportunidad para la abnegación religiosa, para la invocación de las bienaventuranzas. magnolias3

En la versión cinematográfica de “Magnolias de acero” el eje de la trama es la vida y muerte de Shelby Eatenton Latcherie (Julia Roberts, antigua “Pretty woman”), con el optimismo de que ‘la vida sigue’ dándonos la risueña y tierna imagen del nuevo huérfano, ignorante de su condición, tirándose confiada e inocentemente a los brazos de la maternidad sustituta, la abuela Lynn Eatenton (Sally Field, antigua Novicia Voladora). En la puesta en escena de Enrique Aguado el nudo temático se antoja más conceptual, aunque clara y sencillamente transmitido y proyectado: la solidaridad y la lealtad que cohesiona y fortalece a un grupo humano, en este caso seis mujeres que frecuentan un salón de belleza pueblerino con el claro propósito de reafirmarse encontrándose, aunque el cotilleo parezca el pretexto. Acertado retrato de una cotidianeidad, quizá universal, pero si en la sinopsis está ubicada en Florida —seguramente EEUU— bien habrían venido nombres propios que denunciaran una condición anglosajona, tan solo por congruencia con el texto del programa de mano. Constancia de originalidad creativa deja marcando los cambios de la temporalidad dramática con el aparato radiofónico más o menos descompuesto.

 

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