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Surrealismo remontado

Miércoles, 13 de Junio de 2018 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Surrealismo remontado

Demasiada hondura psicosocial para quedar representada con la actuación de los personajes que vemos congregados en el auditorio Esperanza Cabrera mediante la trama de “Zucco”, del dramaturgo francés Bernard-Marie Koltès (1948-89), con la dirección y adaptación del maestro Ricardo Leal Velasco de los estudiantes del octavo y último semestre de la licenciatura en Actuación de la FBA-UAQ.

Cuando la cotidianidad habita la monstruosidad, y/o viceversa; cuando el realismo remonta el surrealismo, o el primero, con méritos sobrados, desbanca al segundo; cuando el espejo estaría en la platea que constituiría el contexto del que proviene y al que retornará el espectador terminada la representación ¿qué reflejar desde el escenario que lo conmueva, lo incluya en un ‘nosotros’ que pase por encima de su condición espectadora?, ¿queda la provocación, la sublevación mejor que la sublimación? zucco1

Hoy nos la pasamos escalando los parámetros de la monstruosidad. No tan solo cronológicamente se ve lejana la criminalidad de Roberto Succo cuando en 1981 los reporteros daban cuenta del parricidio y matricidio, y un tercer asesinato a manos de un italiano de diecinueve años sin aparente razón o justificación, sino por el nivel de aberración en esta década quizá apenas cruzando la frontera del municipio queretano de Corregidora, a menos de media hora de la capital estatal. El rapto, la tortura, la violación, el asesinato, la desmembración, la extinción ácida, o sea, el regodeo en la exterminación de un congénere, y peor aún, en manada supera la brutalidad de la criminalidad que esta palabra no alcanza a denominar. Romper, traicionar lazos fraternales vendiendo a una hermana para ser molida sexualmente queda para iniciados de las fechorías menores. Cuando nos enteramos de cotas y cuotas de criminalidad aspiradas pero incumplidas por la intervención del azar: un socavonazo, un gatillo trabado, un tropezón en una carrera despavorida, un paro cardiaco, a la manera del agujero por el que se escurre el conejo en “Alicia en el país de las Maravillas”, entonces vanguardismo de Koltès se asemeja a en la crónica, aproximándose a la anécdota. ¿Cómo trascender, cómo tocar, qué reflejarle al espectador? Porque ya ni siquiera estamos ante la ineludible tragedia de “El ogrito”, de la montrealesa Suzanne Lebeau (1948) que tanto ama y admira a su compañerita escolar que, a pesar de abstinencias, aislamientos y alejamientos, no puede evitar comérsela porque finalmente nació ogro. Tampoco tienen estos personajes la revulsión georgesbatailleana. Cuando en “La caja”, de Pamela Jiménez Draguicevic, la niña torturada por su padre agradece que no le aplique el cigarrillo en las heridas más recientes, sin que veamos una pulgada cuadrada de epidermis chamuscada, ni percibamos pestilencia de nicotina alguna. El vuelco gástrico es brutal, la acuosidad visual es inevitable. zucco2

La vertiginosidad del realismo encajona el vanguardismo de B-M.K. en una brevedad casi intrascendente. ¿Qué conflictúa a este Roberto Zucco, acaso cierta conciencia de la levedad de su transcurrir? Poco lo podemos deducir, menos saber. En el final se asomaría el Yukio Mishima (1925-70) de “Confesiones de una máscara” con esa fijación por el uniforme y las andanzas en las azoteas en un afán de aproximación cósmica. En un exceso expectativo cuánto se antoja, siquiera una revisión al Stanley Kowalski de Marlon Brando en “Un tranvía llamado Deseo”, de Tennessee Williams (1911-83), tan conflictuado con su patanería y brutalidad frente a su incapacidad y/o consciente carencia, sobre todo de actitud, para la delicadeza y la ternura amorosa. Me parece que “Zucco” ha resultado demasiado examen para la licenciatura de la saliente promoción, sin que de manera alguna signifique reprobación. Por supuesto que se vale apuntar a la luna queriendo conquistar siquiera la cima del Cimatario, pero en general su andar ha sido breve. Es la primera generación, en por lo menos diez, que apenas en esta ocasión me entero de sus integrantes, exceptuando brevemente a Aline Alexandra Parra Pérez y Kevin E. Petricioli Martínez en sendas actuaciones, una comedia y un musical, respectivamente. El caso de Sara Aimé Pérez Alarcón se cuece muy aparte con sus actuaciones en exitosas comedias musicales, llevando personajes y al menos un protagónico. Así, no es de extrañar su solvencia para sacar atinadamente personajes tan contrastados como la sufrida y maltratada madre de Zucco y la inmisericorde patrona prostibularia. Su canto a capela hermosísimo es verdaderamente impagable. zucco3

Hoy, quizá más que nunca antes, tenemos en la cartelera queretana ‘teatro contemporáneo’ (http://www.raza.com.mx/eclectica/el-espectador/4744-teatro-contemporaneo), y algo nos están dejando los intérpretes que estos diez jóvenes actores todavía no ─cabría la justificación de la breve vida escénica, dosificada en lapsos, de algunos personajes─, sin dejar de quedar bien enterados de casi veinticinco personajes de una manera ágil y convincente. La mínima escenografía está construida esencialmente con la iluminación que da ambientaciones horarias y segmenta los espacios escénicos, también con una mampara, una mesa y una banca pública; además con accesorios de breve o única aparición como un teléfono de disco, un conejo-peluche, una maleta de viaje, una pelota-emoticon, y muchas armas de utilería. Varios rostros convertidos en máscaras neutras para transitar algunos examinantes por tres o cuatro personajes cuya construcción y circunstancias requieren de su expresa gestualidad, particularmente la pareja policial ─Karen Pineda Muñoz y Habid Saavedra─ caricaturizada en sus intentos de sagacidad y perspicacia vigilante e investigativa, más en la duda y el cuestionamiento de su propia valía y validez.

 

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