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Los promisorios

Miércoles, 07 de Junio de 2017 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Los promisorios

En la segunda fecha de su programación logré conocer “Marat-Sade”, de Peter Weis, presentada por los alumnos del cuarto semestre de la licenciatura en Artes Escénicas, con terminación en Actuación. En el aula donde toman clases con, por ejemplo el maestro Manuel Puente Villa, mismo que tiene créditos en la música y la coordinación, de la mano con Las Bermudas del Triángulo y la maestra Teresa Patlán Torres, respectivamente. Del aula solo queda el letrero en la puerta, pues en realidad es el asqueroso baño colectivo de la Casa de Salud Mental de Charenton, entiéndase manicomio, gracias a la creatividad y soba de Javier Aceves Silva, Salvador Reyes Pérez y Ana Karen García Villaseñor quienes tienen los créditos escenográficos. Solo falta la pestilencia en ese porquerillero, que se agregaría a la elevada temperatura, para casi triplicar la población demente en ese espacio, al que empiezan a llegar cuarenta minutos antes. promisorios1

El desfile estrafalario hacia esa aula no se suspende hasta la segunda llamada, sin confundirse con otros estrafalarios que pasan por el pasillo cargando, por ejemplo, tablas y caballetes, o girando como estrellas sobre sus extremidades como seguramente lo empezaron a hacer en sus clases de danza. Los estrafalarios de la obra alcanzan a diferenciarse porque se han maquillado y caracterizado para ubicarse en una época y un espacio específicos para contemporizar con Jean-Paul Marat y Donatien Alphonse François de Sade en la Francia revolucionaria de finales del siglo XVIII y principios del XIX, no obstante sus tenis Convers y sus caleidoscópicas mallas-leggings. Hay llagados que no supurarían peor en un leprosario. Las cabelleras de las hospedadas compiten con las palmeras desbarajustadas por las tormentas meteorológicas. Todos deambulan cual especies exhibidas en zoológico. Su contemplación no es grata, inspiran ferocidad, parecen aplicados en desagradar o peor; desgastándose mientras la vida los consume. Afuera la guillotina da cuenta de rebeldías y venganzas. Más la detendría un atasco que el hartazgo. Las cabezas primero ruedan por el cadalso y después por el fango al impulso de las patadas del vulgo henchido de burla y fobia. Los discursos de Marat y Sade son dichos con una convicción muy convincente. Según la identificación, en una época mexicana de discursos, le dan a uno ganas de patear al que hace recordar al actual presidente municipal queretano en sus postulaciones regulatorias, de la legalidad y las privatizaciones, o reclamar el pitorreo al que pareciera sometido el que proclama la primacía de los pobres. promisorios2

Qué magnífica voz tiene y maneja Silvia Nayeli Ibarra Gómez, rica en nitidez y sonoridad; seguramente Charlotte Corday se la envidiaría, tanto como su enjundia asesina. La demencia se exacerba en las internas cuando funcionan como coro, desembocando en un desarrollo exacto y preciso de coreografías y cantos dentro de la continuidad de la trama. Esta exacerbación rebasa el rompimiento de la cuarta pared, en un riesgo en el que uno queda a expensas de la esperanza de que sea verdaderamente medido. Pero las dentaduras cargadas de ortodoncia resultan convincentemente amenazantes. Es un momento en que es posible dudar que a estos locos alguien los haya puesto al tanto de que están representando una puesta en escena en los baños de la casa de salud que ocupan, máxime cuando el administrador del inmueble en Charenton pierde el control del evento, mientras el propio autor solivianta la exaltación, la sublevación. Si el incomodo es una medida de su acierto, pues más lo ocasionan estos promisorios artistas mediante su interpretación de “Marat-Sade”, que la dureza de las sillas de plástico ocupadas durante más de dos horas ininterrumpidas.

Otra irritación y enfado experimentaron algunos espectadores de los más reciente temporada “Diálogo entre jóvenes” presentada por el Colegio Nacional de Danza Contemporánea en el foro del Museo de la Ciudad de Querétaro los tres primeros días de junio, al punto de consagrar a la maestra Claudia Herrera como la coreógrafa de la violencia. El diálogo de la segunda fecha fue prácticamente monotemático en torno a la danza “Ecos de mi piel”, sin dejar muy de lado “Mi pérdida preferida”. Entiéndase que tratándose de una autora pues está refiriéndose seguramente a posesiones femeninas, en estos casos, dado el desarrollo de las interpretaciones, en experiencias no gratas. promisorios3

Los reclamos y/o reproches rechazantes más emocionales fueron masculinos. Se cuestionó primeramente si la primera obra no sería un instructivo de violencia misógina. En verdad la intensidad de la interpretación llega a un punto revulsivo. Tras un maltrato desrengante culminado con una privación de la vida, viene el agravio vejatorio por parte del asesino del cuerpo inerte. Y la representación continúa sin que la violencia mengüe, aunque deja de singularizarse la aniquilación. Parece necesario apuntar que nadie sale físicamente lastimado. La autora se sintió en la necesidad de señalar que no enaltece ni alienta la violencia de género contra la mujer, sino exactamente lo contrario a fuerza de poner el dedo en la llaga, y advertía que, dada la descarnada realidad fáctica y mediática, este posicionamiento tenía que estar por lo menos a la altura de la cotidianeidad presentada. También expuso que, para su sorpresa, había pasado más dificultad en la interpretación violenta por parte de los bailarines, pues como hombres cuidan mucho a las bailarinas, se manejan con mucha responsabilidad por ellas. Las pocas intervenciones femeninas por parte del público que llenó las gradas del Foro Múltiple fueron de identificación con la coreógrafa. En el diálogo de la tercera y última función el bailarín que interpreta el asesinato dijo haber sentido dolor al ejecutar el acto de su personaje. promisorios4

Amén del anterior acaparamiento temático estuvieron los elogios para la hermosura del desarrollo corporal de Omar Baas, próximo a egresar del CNDC como ejecutante, que alcanza a ensombrecer el sobresaliente desempeño técnico que despliega en la interpretación de “Cautiverio interrumpido”, obra de la que es también coreógrafo. “Diálogos”, de Sergio Pérez Morales, mucho impresiona visualmente con la plasticidad inicial y a lo largo del desarrollo que no deja resultar reminiscente de Ballet Nacional de México.

El número final, “El implacable deseo de buscar” (denominación remitente a “La insoportable levedad del ser”), de Brisa Escobedo, se aprecia un tanto discordante con las cuatro obras previas, por traslucir una indeterminación temática y por privilegiar o ponderar el movimiento y la danza por sí mismos antes que para decir algo. Me hizo recordar aquellos números ‘aperitivos’, del maestro Jaime Blanc, con que BNM iniciaba las funciones de sus temporadas, por ejemplo, en el Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez.

 

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