La desgarrada familia

Miércoles, 08 de Junio de 2016 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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La desgarrada familia

familia1¿El síndrome del “Viaje superficial”, del guanajuatense Jorge Ibargüengoitia? Una residencia patriarcal de aire solariego. Un patriarca como eje de la vida y trama de los personajes que concita. Un patriarca con una vida a esconder, aparentando venerabilidad ejemplar. Tres parejas románticas y/o amorosas en ciernes de avenencia y lo contrario; formales, en vías de formalización, y practicantes de una tolerancia urbanamente civilizada de la informalidad. Un círculo de habituales correctamente recibidos con las debidas porciones de mustia o manifiesta corrosividad. Con una servidumbre que toma partido según sus perspectivas de ascenso y prosperidad o por lo menos beneficio con la emoción de las disputas. Una feria de inquinas individuales, truenes e infidelidades de parejas transitando por una furtividad advertida o adivinada por todos los simulantes. El título refuerza la ironía del edificante y bien intencionado propósito institucional de esa célula social de fortificación en la conviabilidad y procuración de crecimiento de sus miembros. 

El comediante Pompín Iglesias repetiría seguramente su célebre apreciación de barbaridades y afanes destructivos: Qué bonita familia. Pero los próximos licenciados en Artes Escénicas, con línea terminal en Actuación, de la Facultad de Bellas Artes han denominado la obra de su graduación: “La sagrada familia”, una adaptación colectiva de la película “Festen”, dirigidos por la maestra Pamela Jiménez Draguicevic. Un ejemplo del disimulo que no resiste la obviedad sucede cuando el mayordomo saluda por la mañana a la sirvienta con malintencionada familiaridad de camaradería ocupacional: ‘¿Y cómo durmió Nicolás?’ En la distensión del momento Pía contesta que ‘Muy bien’, e inmediatamente cae en la cuenta de la delación romántica que ocultamente estaría viviendo con el señorito de la casa.
familia2Amén de la alta coincidencia del reparto, exceptuando uno o dos nombres, con la obra presentada en dos temporadas de Arteatral 2015, con dirección de Cristina García Martínez, y la estructura familiar amplia con sus dobles vidas de correcciones o virtudes aparentes, el montaje presentado durante junio de 2016 en el Teatro ‘Esperanza Cabrera’ arranca aglomerando a los espectadores contra las enormes puertas de entrada a la sala, enfrentándolos al parloteo sin fin de los catorce personajes. La sensación metroense no es imaginación claustrofóbica. Ante tal ensordecedor y embrollado apabullamiento, más o menos poco nos enteramos cuál es su rollo. Cuando finalmente guardan silencio insisten en guiarnos de la mano a las sillas instaladas en el proscenio. No usan la platea. 

familia3Antes de correr el telón un personaje, integrante de la servidumbre, hace una introducción que queda en el olvido iniciada la interpretación de las tramas. Presenciamos una casi simultaneidad de cuatro situaciones previas a la celebración del cumpleaños del patriarca. La agradabilidad de la presencia del intérprete hace tolerable o indiferente la incomprensión. Una sirvienta aprovecha el regreso del señorito de la casa para reiniciar sus ansiosos arrumacos, con más sorprendida duda que rechazo por parte del acosado. Mientras estos se baten en estrechísimo arrebato, el hermano la emprende contra su mujer a gritos, agravios e insultantes incriminaciones domésticas, ella pasa de la altisonante respuesta verbal a la violencia física; la ferocidad del enfrentamiento enciende su libido, apaciguando eróticamente el encendimiento. En la cocina, el chef acosa laboralmente a la otra sirvienta con una encimosa supervisión e imposición de un ritmo de trabajo enervante y riesgoso (¿para el acosador?) dadas las dimensiones del tremendo cuchillote. Finalmente una íntima, o confidente, de la hija fallecida, gemela del señorito, sospecha la existencia de una misiva y la busca afanosamente en supuestos sitios secretos de su alcoba. En el comedor se prepara la celebración cumpleañera del padre de familia. Una espectadora tendrá un lugar en la gran mesa atendida por toda la servidumbre.

familia4Hay remembranzas de juegos infantiles, quizá para señalar que alguna vez privó la concordia familiar. Los escarceos de enfrentamiento crecen en frecuencia y agresividad, las rispideces alcanzan un momento climático cuando el señorito acusa, con no pocos detalles, al padre del fallecimiento de su hermana. El clímax asciende cuando la acusación es por acoso sexual padecido a manos de su progenitor. El hermano exaltado se interpone en la recriminación y, dos a uno, le propina una golpiza, siendo el sometido sujetado en situación de indefensión. La representación desaparece del escenario, una puerta de la entrada a la sala es golpeada solicitando a gritos la entrada a un aposento. Es fácil esperar una detonación; a la trama le viene muy bien un obvio suicido. Padre y madre regresan al comedor con paso muy incierto, más él que ella. El derrumbe catatónico y abismal del patriarca sucede con la aparición de la buscada misiva que refuerza la incriminación. En el comedor viven un sepelio aunque el muerto respira, aliento que aprovecha para trabajosamente incorporarse y emprender la retirada. Ella declara su preferencia por permanecer donde está, dejándolo partir casi a tumbos. El comedor-catacumba es visitado por la inocente ánima, la gracia de su núbil presencia y sus palabras casi lo convierten en mausoleo. 

En el transcurso de este desdoblamiento de la trama todavía hay pequeñas vueltas de tuerca por parte de los hijos: fuera de todo protocolo y debida corrección, delante de la concurrencia, familiar y no tanto, el señorito le solicita a la sirvienta que sea su esposa. Con la respuesta afirmativa la sienta a la mesa familiar convidándola como a los demás comensales. La otra vuelta corre a cargo de la segunda sirvienta cuando anuncia al hermano apaleador su embarazo de tres meses, sobándose oronda y jactanciosa el vientre en gestación. Un tanto sin sitio ni justificación aparecen el personaje del maestro de ceremonias y el supuesto complot instigado/encabezado por el chef. El primero gravita periféricamente, si el intento en la inserción social dentro esa colectividad es parte de la construcción del personaje, Mauricio Figueroa acierta totalmente. El segundo caso se aprecia cual cabo suelto que queda para curiosidad ociosa. Aunada a la tensión descrita primeramente, el ritmo secuencial, el trazo escénico, la contrastación de personalidades y emociones mucho contribuyen al sostenimiento del interés y la atención en “La sagrada familia” durante más de hora y media en el Teatro Esperanza Cabrera por parte de los estudiantes del octavo semestre de la licenciatura en Artes Escénicas con línea terminal en Actuación.

 

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