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Ajusticiamiento farsico

Miércoles, 24 de Septiembre de 2014 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Ajusticiamiento farsico

ajusticionamiento1Un gatillazo a la nostalgia y una demostración de repertorio por parte de Arteatral, Compañía Universataria de Teatro, con la reposición de El cántaro roto, de Heinrich von Kleist, en la Casa de la Cultura ‘Dr. Ignacio Mena Rosales’, con la dirección de Manuel Puente. Recordaba que se trata de un montaje fársico muy divertido, y muy desdibujadas las presencias de Eréndira Astivia y Cristóbal Ramírez sin siquiera sus personajes, y que en 2003 se había puesto en el desaparecido espacio de La Cartelera, en su patio, sirviendo de bambalinas el espacio que habitualmente se utilizaba para las escenificaciones. Por lo tanto mi expectación estaba muy entusiasmada y el viernes 19 de septiembre resultó absolutamente desbordada. 

 Cuando los intérpretes desaparecen para quedar inmersos en los personajes empiezo a disfrutar del espectáculo jugando a las deducciones y las adivinanzas, para terminar echándole un vistazo al programa de mano a fin de verificar el acierto o no. Cuando esta intriga se suscita con el primer personaje con que arranca la trama, la función inicia con el pie derecho. Por supuesto también con un gran riesgo, por lo menos sostener esa sorpresa y/o suspenso. Si alguien me afirmara que Miguel Molina no es el escribano Lucio, me continuaría cuestionando, entonces quién encarna a este lambiscón hipócrita dispuesto a tumbarle la chamba al titular del juzgado sin, al mismo tiempo, rehuir complicidades. Cuando aparece el juez Adán verdaderamente es el acabose del intérprete al servicio del personaje, que es el teatro que me parece más meritorio. Tan solo el trabajo de maquillaje en la creación de este par de personajes merece un aplauso específico muy sonoro y prolongado. Aparte están la corporeidad y la gestualidad tan acertadas con esas pausas, esos acentos, esas exageraciones, esas contenciones. El esfuerzo y desgaste físicos –litros de sudoración-- se antojan verdaderamente colosales con la cantidad y características del vestuario tan atosigante. 

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 Cómo logra Nahum Rodríguez hablar con total claridad llevando la cara ‘herida’ y la boca ‘maltrecha’, queda en la búsqueda de las palomas y los conejos en la chistera del mago. La riqueza de intencionalidades ocultas, y en veces antagónicas, en estos dos personajes y su proyección como tales son una joya actoral. Cuánto se esfuerza el juez Adán en bloquear la supervisión de la jueza Hermigia, sin sacarla de la sala, y del pueblo, con viento fresco, mete mucho al espectador en la angustia de este burlador de dormitorios castos. El servilismo del escribano Lucio transita como recurso principal de sus afanes por la promoción laboral, y consecuentemente social, entre un equilibrismo y malabarismo de complicidades con el desorden judicial, dentro del tribunal y entre la población, del que escurre responsabilidades y apunta o redirecciona acusaciones hacia su jefe, y la sumisión pronta y convenenciera hacia la supervisora de éste. 

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 Del otro lado de la barandilla, por quienes tanto se ocupa la jueza Hermigia a contracorriente del juez Adán, los querellantes son encabezados por una ‘vieja argüendera’ incontenible, Doña Marta. Apenas es posible seguir el argumento que expone Quetzallín Torres con tantísimas palabras en tan corto tiempo. Su energía es un torbellino, su embestida es ciclónica para reclamar la ‘devastación’ (sic) del dichoso cántaro, que por sus dimensiones más lo conozco como jarrón. La importancia de su rotura más está en las circunstancias en que pudo ser quebrantado y en los incriminados, que en la pérdida de su valor y significación. Pero la acusadora rehúsa abstenerse de pelos y señales, vengan o no al caso. Para ella desahogo y acusación van de la mano, pero apenas como los preliminares de su ansia por pasar a la acción de sus puños, quizá más amenazantes por la enjundia que por la fuerza. El alboroto es de zafarrancho.

A esta iracunda demandante de justicia la acompaña, más por fuerza que por ganas, Eva, su hija, cuya doncellez e inocencia están en entredicho. Mucho se empeña en abreviar el mal rato, casi se arredra, amedrentada por el coscolino juez, hasta que ve caer la amenaza, o más bien el castigo, en Ruperto, a quien ama con todas la ilusiones de su juventud, no obstante haberla señalado como una promiscua güila, a la vista de los acosos de que es objeto. ajusticionamiento4

 No por su intermitente y/o breve aparición dejan de llamar particularmente la atención la criada Chela y doña Epifania, la testigo inesperada que da la puntilla de culpabilidad donjuanesca al juez, forzando su huida. No obstante las largas trenzas como perro de orejotas y el bozo cantinflesco de la criada, el redondo rostro de Blanca Tejeida mucho la desenmascara. Muy de apreciarse la comicidad que imprime incluso hasta arriba del escenario, apenas asomándose desde atrás del escribano. Bien contrasta la rigurosa tiesura e insobornable tozudez de la jueza con el desorden y parcialidad encubridora de sus fechorías con que se conduce el juez, que ni halagándole el paladar o facilitándole el reposo logra siquiera una mínima postergación de la auditoría de su desempeño.

Al margen del entretenimiento con las caricaturescas caracterizaciones, es de agradecerse la entrega de la creatividad dramatúrgica que tras el reclamo de El cántaro roto esconde la dilucidación de la castidad de Eva, y tras el misterio de la peluca del juez su delación como el intruso nocturno en la recámara de la joven pretendida. El enredo es regocijante aunque poco entendamos la exigencia protocolaria de ese postizo en la impartición de justicia, menos cuando aparece tan común y corriente como cualquiera que puede encontrar una compradora en los establecimientos comerciales del caso, y no la peluca blanca con los rizos tan uniformes como la botonadura de la pechera de un militar de altísimo rango. ajusticionamiento5

 “Arteatral presenta El cántaro roto como parte de su repertorio y da a conocer talentos queretanos de la carrera de la facultad de Bellas Artes.”, dice el correspondiente programa de mano de 2003, que muy bien continúa cumpliendo a cabalidad, con una precisión para esta ocasión. Salvo los nóveles, quizá debutantes, Víctor Rosas y Patricia Cano, este reparto demuestra una vez más su contundente eficacia interpretativa y originalidad escénica, y únicamente cabe reclamarles mayor frecuencia en el escenario y más fechas en sus temporadas.

 

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