“RogueOne. Una historia de StarWars” ¡Pero el sombrero es nuevo!

Lunes, 09 de Enero de 2017 18:00 José Arce COOL - De Películas
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“RogueOne.

Con “RogueOne: Una historia de StarWars” tengo esa sensación de ni contigo ni sin ti que generalmente se deriva de las producciones que, ya sea por un motivo u otro, les cuesta sentirse y/o hacernos creer que se sienten a gusto consigo mismas. La misma que desprenden otros también llamados blockbusters desarrollados de manera titubeante por culpa de lo que muchos médicos dirían es el miedo a lo desconocido. A lo desconocido, o a un público al que a menudo no hay quién entienda entregado a la noble causa de esperar algo distinto demandando lo mismo de siempre. O de esperar lo mismo de siempre a la vez que demandan algo distinto. O depende, ya sea según la franquicia, el signo político de nuestra fe o lo que dicten las corrientes de pensamiento del momento. A saber.

La sensación manifiesta es que la película se mueve con cierta brusquedad, impuesta quizá por las circunstancias y no por naturaleza, entre dos aguas. Entre el pasado y el futuro, entre una película y un producto, entre lo que fue “La Guerra de las Galaxias” de George Lucas y lo que Disney quiere que sea su “StarWa”s'. La una tan indisoluble de la otra como para mantener una relación de amor/odio en dónde nadie se quiere, pero todos, aunque no quieran admitirlo, se necesitan. Disney pretende vender una apariencia de juguete nuevo que, al menos de momento, se da de bruces con una realidad que se presenta "gastada": tanto el “Episodio VII” como esta “RogueOne” no son nada sin el forzado recuerdo, siempre obligado a estar impuesto para dar valor y sentido mismo de un George Lucas al que nadie menciona, pero al que nadie tampoco se atreve a olvidar.

En la que nos ocupa, más un apéndice que un spin-off, se adivina la intención "de romper" en cierto sentido con la herencia. Una intención inicial que se siente, a su vez, pisoteada por una necesidad en apariencia improvisada sobre la marcha de aferrarse a las rentas como si fueran su oxígeno. El innecesario pegote que por ejemplo supone DarthVader, carne de cañón cual torso desnudo de Mario Casas para las adolescentes, sin más que aportar, así como otros múltiples guiños gratuitos metidos a fuerza, dan buena muestra de esta emulación del recuerdo, torpe y mojigata, que además de poner en evidencia "a lo nuevo" la sepultan bajo esa sensación de estar viendo lo mismo que ya hemos visto antes, a su vez lo mismo de siempre, pero, eso sí, por supuesto con mejores (y en verdad excelentes) efectos especiales que tapen las carencias de lo que no se puede comprar con dinero.

O cuando se confunde la reverencia con la dependencia, se convierte al homenaje en una cuestión de subsistencia y tanto "déjàvu" junto corrigen la emoción hacia cero. La historia de “La Guerra de las Galaxias”, la de George Lucas al menos, siempre fue la historia de DarthVader. Y aparte de por ser el creador, Lucas también destacaba por algo: por hacer su película, a su manera, y hacerlo con el orgullo y la convicción de ser su amo y señor. Todo ello, unido, es la pelota ante la que corre esta otra "StarWars" de nadie y de todos, un poquito nada más, que se supone cuenta la historia de una tal JynErso, heroína a su pesar cuyo escaso liderazgo se da de codazos con todo, y con todos (incluida Felicity), dando tumbos contra la obligación industrial que supone tener que rellenar con muñecos, que no serán los suyos, las tiendas de un parque temático de muy buen ver.

La inevitable (e intrascendente) batalla final en el espacio, la misma que la del 'Episodio I' pero con las naves del “Episodio VI”, o sus últimos 5 minutos, una escena si acaso post-créditos para aquellos que no hayan visto el ahora “Episodio IV”. En su manía por "atarse" de forma trivial, cobarde, a su referente la película pone rumbo hacia un producto muy a lo bruto, superficial e inerte mientras se ata sus propias manos sin ser capaz de hacer aquello que suponíamos se pretendía, expandir y aportar, hacer crecer un universo al que reduce a patio de colegio en el que todos son viejos amigos. Como si fuera la sombra de un capítulo de relleno de “TheWalkingDead”, empeñado en ponerse palos en las ruedas y con un Forest Whitaker al que le dijeron que se trataba de una secuela de “La loca historia de las galaxias” (si es que saben que existe, que esa es otra).

Así, la cinta avanza entre lo uno y lo otro, dando bandazos tan perdida y estridente como la partitura de un Michael Giacchino que, como la película, intenta ser distinta aunque recurriendo todo el rato a lo mismo, a lo de siempre para quedarse en evidencia y a la sombra que la cobija, a golpe de ruido, y que incluso molesta al dejar tan al descubierto sus vergüenzas. O la táctica Marvel de conservadurismo popular hecha a la manera de una DC hipocondríaca que no lo tiene nada claro. Algo decentillo, pasable que detalle a detalle pueda ser fácilmente encumbrado a poco que uno se deje cegar por el "destello" de un recuerdo que le exige, o suplica, no mirar hacia otro lado. De lo de siempre enterrado bajo los efectos especiales de ILM, muy buenos de hecho (como de costumbre) pero que, al igual que ocurría en las precuelas de George Lucas, no redundan en una mejor narración. Al contrario.

Aunque sin la energía y determinación características que imprimó J.J. Abrams a la, por otro lado, muy decepcionante “Episodio VII”, esta “RogueOne” aunque frustrante en igual medida al menos consigue, en su continuo tira y afloja, ser algo más resultona. Aunque sea sólo porque no puede ser un remake encubierto, un resquicio por el que asoman puntuales hallazgos, lo que podría haber sido (en otra vida) o algunos actores con alma de niños que nos animan a pensar que, sin miedo, y con una auténtica sed por explorar la galaxia más allá de su merchandising, las posibilidades son tantas como para cubrir la distancia para con esa galaxia tan, tan, tan lejana, a la que Disney sin embargo le ha puesto un cariz tan, tan, tan cotidiano que sin los característicos créditos iniciales por delante, y todo lo que con ello supone, se nos queda en pelota picada y sin marcar músculo.

George, por favor, vuelve (como productor y/o asesor creativo, eh). Al menos conseguiste hacer que cada película pareciera diferente, que pudiera valerse por sí misma como si no fuera una pieza más, como otra cualquiera, de uno de esos "universos cinematográficos" tan cansinos en la mercantilización de nuestras expectativas. Como cualquier colección de cupones a comprar cada semana en los kioskos que más que por ilusión completamos por, por, por, por que sí, porque es lo que se lleva o por una costumbre que se convierte, al igual que ocurre con las impersonales películas franquiciadas, en una rutina equivalente a un compromiso desprovisto de la pasión e ilusiones iniciales. Porque estamos en Navidad y algo hay que regalar. Porque vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y porque claro, ya se sabe, como el sombrero es nuevo y tal.

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